Phu Quoc, la isla que un día fue prisión

Phu Quoc, Vietnam

Era nuestro pequeño regalo. Phu Quoc, una bonita isla al sur del país iban a ser las ‘vacaciones’ de nuestro viaje por Vietnam. De ella supimos durante nuestros días en Vietnam que fue un campo de concentración durante la guerra y que fue testigo de miles de crímenes despiadados, de esos que es mejor casi no saber nada. Hoy es una isla con varias playas impresionantes en el sur del país, entre Vietnam y Camboya, y que precisamente es motivo de disputa entre los dos países, ya que ambos quieren controlar el territorio.

El oscuro pasado de Phu Quoc

Aunque hoy es un buen destino para pasar unos días de tranquilidad en un entorno bastante salvaje y aún poco explotado, la historia que envuelve a Phu Quoc es demoledora.

El primer episodio de la historia fue en los años cincuenta, cuando bajo las órdenes del colonialismo francés, se construyó aquí una prisión para encarcelar a los que consideraban especialmente peligrosos para su gobierno.

Años más tarde, Phu Quoc pasó a manos de los americanos, que tras hacerse con ella la apodaron ‘The Coconut Tree Prison‘, donde retenían y torturaban a soldados comunistas. Se puedes ver algunas recreaciones en el Museo de la Reunificación

El último episodio de la triste historia de esta isla está protagonizado por el Khmer Rouge de Camboya que, intentó hacerse con ella tras la guerra de Vietnam, en un enfrentamiento directo contra el debilitado estado vietnamita. En esta ocasión, los vietnamitas la utilizaron como base para sus tropas. No lo consiguieron, aunque aún hoy el gobierno camboyano reclama su derecho sobre esta isla, muy cercana a su territorio.

Todos estos sucesos mantuvieron apartada a Phu Quoc de cualquier tipo de interés a nivel turístico y aún se puede ver en ella el escaso nivel de desarrollo, sin grandes hoteles ni carreteras, lo que convierte hoy en día a esta isla en un remanso de paz para quienes se acerquen a visitarla.

Así fueron nuestros días en Phu Quoc

Mapa Phu QuocNosotros nos íbamos a regalar 5 días en ella, tiempo suficiente para conocerla, explorarla en moto y estar algún día tirados en la playa. Y para eso elegimos con algo de antelación un bungalow en la playa de Long Beach, en la localidad de Duong Dong, la más famosa y turística y que en realidad era la única que disponía de servicios como restaurantes, bares nocturnos, etc. El resto de playas, al norte sobre todo, están apartadas y si lo que buscas es estar aislado es lo mejor, pero no encontrarás prácticamente ni un sitio para comer que no sea tu hotel. Eso en realidad es por que Phu Quoc aún no es una isla explotada en demasía, tiene su cuota de turismo, pero ni mucho menos es un lugar masificado y hay playas en las que puedes encontrarte completamente solo. El bungalow por cierto, de esos de los que sales por la puerta y estás en la arena o ves el mar desde la ventana. Un lujo vamos, pese a ser muy sencillo y no contar con muchas más comodidades.

El planning para los días en la isla era sencillo: un día al norte, otro al sur y el resto tranquilidad en las zonas más cercanas. Para los días de «exploración» íbamos a alquilar una motocicleta, para nosotros toda una aventura al ser la primera vez que cualquiera de los dos iba a conducir una. Pensábamos que no debía ser mucho más complicado que ir en bici, así que como mínimo lo intentaríamos.

Empezamos con un día sabático y al siguiente nos decidimos por la «excursión» al sur de la isla, la playa de Bai Sao era el objetivo, según casi todo el mundo, la más bonita de Phu Quoc. Alquilamos la moto y arrancamos, con más miedo que ganas, el camino hacia la parte baja de la isla. Nos esperaba más de una hora en carreteras de tierra y gravilla, genial para un novato! Por el camino pasamos por varias zonas que dejan entrever la llegada de grandes complejos hoteleros a la isla más pronto que tarde y cruzamos el pueblo sureño de An Thoi, nos habíamos pasado, así que tuvimos que dar media vuelta para llegar definitivamente a Bai Sao. Una vez allí lo primero que vimos fueron nuestras piernas, completamente quemadas tras más de una hora de conducción al sol (aunque no se notaba con el aire) y una vestimenta tan adecuada como el bañador…Debo decir que 3 meses después, aún me dura el moreno/torrado y hay una bonita marca que delata al bañador.

Voley Phu Quoc, Vietnam

La playa en si no es nada del otro mundo, mejor que Long Beach, sí, pero sin ser el paraíso que nos prometíamos. Agua azul turquesa y arena blanca acompañada de un buen puñado de locales que se divertían con juegos al estilo yincana. Valió la pena aunque tampoco fue lo mejor de nuestras vidas. Allí conocimos a una pareja vasca que igual que nosotros, eran primerizos con la moto, así que compartimos risas por los incidentes mientras comíamos unos fideos en la arena, antes de volver a nuestro nido.

Por la noche salimos a conocer el centro de Duong Dong, a varios kilómetros de nuestro bungalow, pero aún disponíamos de la moto, así que pese al tráfico y la agitada vida nocturno-callejera vietnamita, nos decidimos a salir a cenar allí. Y para nuestra sorpresa nos volvimos a encontrar con nuestros amigos vascos (perdón, pero no recuerdo los nombres) así que compartimos cervezas y una suculenta cena en el mercado con una selección personalizada del marisco que te muestran y que se supone que han cogido ese mismo día. No me gusta demasiado el marisco, pero debo decir que disfruté como un enano aquellas almejas, los deliciosos y el pulpo a la plancha con chile.

Puesta de sol Phu Quoc, Vietnam

El día siguiente volvimos a dedicarlo a pasear, leer, tomar el sol y bañarnos en la playa donde estábamos, no fuese a ser que nos cansásemos!! Por la noche, cenando en el bar más cercano que teníamos y donde desayunábamos cada mañana un espectacular café con leche condensada, conocimos y charlamos un buen rato con Jordi, un catalán que se había acercado a la isla unos días tras dejar a su hermana en Ho Chi Minh para coger el vuelo de vuelta a casa. A él le quedaban varios días y decidió acabar con un poco de sol antes de volver a Barcelona.

Phu Quoc, Vietnam

El penúltimo día habíamos decidido ir al norte, las playas de Cua Can y Bai Dai están realmente alejadas, ofrecen alojamientos de calidad superior y precio inferior con el inconveniente de que están absolutamente aislados, para lo bueno y para lo malo. El día se levantó con poco sol y había estado toda la noche lloviendo, un impedimento que no tomamos en serio, pero que acabaría por no  permitirnos llegar a la más lejana Bai Dai por el impracticable estado de la carretera (llamale carretera a esa pista con barro que cubría media rueda). Hablo de impracticable por qué era así, no exagero, se nos hizo difícil llegar a Cua Can, pero pasar de allí parecía más un ejercicio de optimismo inconsciente que un momento de gozo y aventurilla como lo había sido hasta ese momento, habiendo tenido que pasar por tramos donde uno se tenía que bajar de la moto y caminar por el fango que cubría algo más de los tobillos. Hasta ahí nos pareció hasta gracioso, el resto lo vimos temerario.

De hecho, al llegar a Cua Can, o más bien una zona cercana entre ella y Bai Dai, encontramos un chiringuito, el único que habíamos visto en bastantes kilómetros y decidimos parar. Allí nos encontramos con las únicas personas que nos habíamos cruzado por el camino, un par de alemanes con más experiencia que nosotros con las motos y que nos adelantaron tras ayudarnos a pasar algunos tramos complicados. Ellos también vieron que ir más allá era demasiado así que acabamos todos en el mismo sitio.

Phu Quoc, Vietnam

Lo que no sabíamos era que ese iba a resultar uno de los días más divertidos del viaje. No por los alemanes, a los que solo saludamos antes de sentarnos a comer, sino por el dueño del chiringuito y su amigo, que nos invitaron a comer con ellos pese a no hablar ni media palabra de inglés. No dudamos y compartimos mesa, ellos estaban comiendo pulpo y nosotros pedimos unos fideos y arroz, compartimos platos y algo más, un licor en una botella de plástico que bebían a chupitos y rellenaban la botella cada vez que se acababa. Varios pulpo con fideos y arroz y más de 15 chupitos por barba que solo fueron interrumpidos por la lluvia que nos obligó a resguardarnos cerca la cocina y que derivó en un partido de voley playa con varios amigos que se acercaron al lugar.

Diciendo adiós a Vietnam

Nos supo mal, pero justo antes de anochecer y con el miedo de tener que volver por los mismos caminos sin luz, tuvimos que finiquitar el partido con victoria clara para la pareja que formamos el amigo vietnamita 1 y un servidor. Intercambiamos correos, facebooks y demás historias antes de dejarle una contundente propina por la que se mostró sorprendido pero que me pareció como mínimo lógica. Encantados de conoceros.

La vuelta, con la lección aprendida en los tramos complicados, fue menos turbulenta y antes de la cena estábamos en «casa». Hoy, pese a que queríamos cenar en el mercado de nuevo, íbamos a tener que conformarnos con el bar de al lado por la lluvia.

Un último día de playa y tocaba hacer las maletas de vuelta a casa. Tras cinco semanas recorriendo este bellísimo país, el sueño se acababa y tocaba despertar, nos esperaba una última escala en Pekín para ver la Gran Muralla y la larga vuelta a Barcelona.

Recomendaciones especiales

  • Cena en el Night Market de Duong Dong; elegir el marisco que guste y que te lo hagan al momento eligiendo el tipo de especias que quieres que utilicen. Un placer incluso para los que cómo yo, no son grandes amantes del marisco.

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6 Comments

  1. Que viajazo, vaya aventuras… La verdad es que hay sensaciones y vivencias que solamente se pueden experimentar viajando. Y más visitando esos lugares algo alejados del turismo de masas. Un post muy ameno y que transmite mucho. Gracias por compartirlo.

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